Mi madre me
pidió que la acompañara a vender la casa. Había llegado esa mañana desde el
pueblo distante donde vivía la familia, y no tenía la menor idea de dónde
encontrarme. Preguntando por aquí y por allá entre los conocidos, le indicaron
que me buscara en la Librería Mundo, o en los cafés vecinos, donde yo iba todos
los días a la una y a las seis de la tarde a conversar con mis amigos escritores.
El que se lo dijo le advirtió: ``Vaya con cuidado porque son locos de amarrar''.
Llegó a las doce en punto. Se abrió paso con su andar ligero por entre las mesas
de libros en exhibición, se me plantó enfrente, mirándome a los ojos con la
sonrisa de picardía de sus días mejores, y antes que yo pudiera reaccionar, me
dijo:
``Soy tu
madre''.
Algo había
cambiado en ella que me impidió reconocerla a primera vista. Tenía cuarenta y
cinco años, y no nos veíamos desde hacía cuatro. Sumando sus once partos, había
pasado casi diez años encinta, y por lo menos otros tantos amamantando a sus
hijos. Había encanecido por completo antes de tiempo, los ojos se le veían más
grandes y atónito detrás de sus primeros lentes bifocales, y guardaba un luto
cerrado y serio por la muerte reciente de su madre, pero conservaba todavía la
belleza romana de su retrato de bodas, ahora dignificada por un aura señorial.
Antes de nada, aun antes de abrazarme, me dijo con su estilo ceremonial de
siempre: